CAPITULO XVI
Todo fue demasiado rápido para Zen. Daichi había entrado en aquel túnel y él intentó seguirla, pero el techo se desplomó y el humo que se levantó de la polvareda de tierra le impidió poder seguirla más allá. Alguien le agarró por la cintura y levantándole en el aire le sacó de aquel subterráneo construido por los gazas. Era sin duda Ankoku, ningún Gaza eran tan alto como para poder levantarle de esa manera en el aire. Pudo ver luz, la noche estaba clara y desprendía una brillante luna llena. Cuando le soltaron acabó en el suelo tumbado sobre una hierba poco crecida de aquella inmensa pradera. Vio en el cielo las cinco lunas, las crecientes Aquas y Flames, lunas de la magia de agua y fuego, estándo la primera casi llena y un poco más diminuta la segunda, unas menguantes Eléctrum y Aeryn, las lunas del rayo y el viento y una luna llena de tierra: Terracos. Era sabido que cada luna potenciaba más el poder de según que elemento dependiendo como estuviese de llena. Zen recordó esa primera lección que el profesor Tsuyoi les había dado, el primer día que estuvieron en esa casa, el primer día que había visto a Daichi. Y posiblemente, algo le decía que esa noche fue la última que había visto a Daichi para siempre. No quería creerlo, pero no había manera de que no fuese así.
- Esta noche no descansaremos Zen- dijo Ankoku como si tal cosa.- levántate.
- ¿Por qué estás tan tranquilo tras lo que ha pasado?- preguntó él un poco nervioso.
- Una pena lo de tu amiga.- dijo Ankoku que rápidamente cambio de tema- nos vamos, no hay tiempo que perder.
- ¿Cómo que no hay tiempo que perder?- dijo Zen mirando a su alrededor a los gazas apenados por haber perdido sus hogares. - ¿Qué hay de esa pobre gente? ¿Qué pasa con Daichi? ¡Ni siquiera te preocupas lo mas mínimo por mucho que digas “una pena”!
- ¿Qué quieres que haga Zen? ¿Una tumba?- preguntó Ankoku- Se la ha hecho ella solita. Llorando a los caídos no podemos hacer nada.
- Tu antes no eras así Ank…- comentó Zen- te preocupabas por los demás y…
- Y ahora peleo por los demás- dijo Ankoku- De nada sirve preocuparse si no actúas, así que andando.
Ankoku agarró a Zen del brazo y tiró de él para levantarlo. Ankoku empezó a caminar rumbo al sur y Zen sin más remedio empezó a seguirlo, aunque miró hacia atrás para ver el lugar donde se había quedado Daichi, o lo que quedase de ella. Caminó en silencio, y al pisar la hierba fresca pudo ver que tras ese incidente estaba más crecida que antes, quizás es verdad que el poder de la tierra aumentase cuando Terracos estaba llena. Ankoku que se había puesto su capucha sobre la cabeza para cubrirse, caminaba en silencio, a paso rápido y grandes zancadas, quizás era la forma habitual para desplazarse, pero era algo que a Zen le costaba seguir y tenía que ir medio corriendo para seguirle el ritmo. No obstante, sus prendas de color azul oscuro y la poca luz en plena noche tampoco ayudaban mucho a Zen a poder verle. Por eso Zen preguntó a donde se dirigían, no solo porque le interesaba saberlo, sino para poder guiarse por la voz de su hermano y descubrir un poco mejor donde se localizaba, porque no podía verle bien.
- Vamos hacia el gran mar interior- explicó Ankoku- ahora que esa chica se ha quedado atrás podemos cruzar bajo el agua.
Esas palabras de Ankoku le alegraron. No había dicho “ha muerto” como hubiera dicho otra persona, ni “ha dejado de existir” como habría dicho ese Ankoku que estaba tan cambiado, si no que dijo “se ha quedado atrás” haciéndole creer que aún cabía una pequeña posibilidad de que Daichi seguiría con vida. Además ¿no se supone que ellos cinco debían salvar el mundo? No podía caer Daichi sin mover un dedo, ella tenía que seguir viva.
- ¿Y como cruzaremos bajo el agua?- preguntó Zen que tras pensar tanto había caído en las siguientes palabras de su hermano.- ¿alguna especie de máquina?
- No. –negó Ankoku- Somos magos con esencia de agua, podemos manejar el agua, y también respirar bajo ella.
- ¿Y como?- preguntó Zen sorprendido- yo no se respirar bajo el agua.
- Bajo el agua hay O2, es decir, oxigeno en estado gaseoso, respirable. El problema es que es completamente difícil poder respirar este aire mediante pulmones, pero existen más métodos de respiración interoceánica, como la fotosíntesis o las branquias.
- ¿Cómo las plantas y los peces?- preguntó Zen sorprendido- pero yo no puedo hacer eso… ¿o sí?
- Si sabes como hacerlo sí- respondió tranquilamente Ankoku.
- ¿Y como?- quiso saber Zen.
- Creo que el profesor Wasser te enseñará tal tarea personalmente, todavía es algo incluso difícil para mí...- reconoció.
Fue lo último que dijo Ankoku, lo cual hizo que Zen no supiese que pensar. Si para su hermano era difícil para él tenía que ser toda una proeza conseguirlo, era muy tarde, no había conseguido dormir apenas, y lo que más le perturbaba: había perdido a Daichi apenas unas horas. Empezaba a escuchar el sonido del mar, a medida que se acercaban, nunca lo había visto y se sorprendió cuando llegó allí. Una enorme playa les esperaba, desierta, tranquila y silenciosa. Era un paisaje muy bonito, iluminado por la luz de las cinco lunas, un paisaje que le hacía pensar en que Daichi lo viese, ya que algo le decía que si tenía que compartir tal tranquilidad junto a alguien prefería cien veces que fuera Daichi quien estuviese en ese momento junto a él. Pero no, tenía que ser Ankoku, quién caminaba a grandes zancadas por la arena.
Cuando Ankoku llegó hasta la orilla, desenvainó su varoja velozmente y la clavó sobre la arena. Zen se mantuvo a su lado, preguntándose que era lo que iba a hacer. La marea empezó a subir, y Ankoku la invocaba en silencio mirando hacia el cielo con los brazos abiertos en cruz. Zen sintió como el agua subía y mojaba sus pies, pero sin embargo los de Ankoku se mantenían secos. Fue entonces cuando Zen pudo observar como en el trecho desde los dedos de una mano de Ankoku, a los de la otra, la marea no subía, si no que sin embargo bajaba. Zen se colocó rápidamente tras Ankoku, para no mojarse más. Cuando se dio cuenta, esa hermosa playa; que pensó en que podría enseñársela a Daichi si volvía a verla, y si no a Kaze, o a Inabi, o incluso a Haka, los cuales suponía que habrían de seguir con vida; ya no estaba allí. Dos murallas de agua se levantaban ante ellos, mientras un pasillo de arena se extendía a sus pies.
- Vamos- dijo Ankoku moviéndose por fin, extrayendo la varoja de la tierra y colgándosela de su cinturón- a partir de aquí no habrá posadas, así que no se permiten descansos. Puede llevarnos un par de días.
Zen afirmó en silencio. Le parecía una barbaridad caminar en medio del mar durante tanto tiempo, y más cuando estaba tan sumamente agotado, pero era Ankoku quién daba las órdenes y no servía de nada quejarse. Cuando habían avanzado un trecho donde ya casi no se veía la costa, Ankoku volvió a usar su arma, clavándola tras ellos.
- Así nos aseguraremos que no nos siga nadie.- aclaró él.
El agua volvió a su forma natural detrás de ellos. Ahora eran tres las paredes de agua que se levantaban junto a ellos, en un diminuto pasillo que surgía donde estaba clavada la varoja de Ankoku. La recogió y siguieron caminando largo y tendido.
- Quizás te esté pidiendo demasiado con quince años- dijo Ankoku de repente, poco después de que Eléctrum se ocultase en el horizonte.- supongo que dormir un poco no hará mal a nadie…
- Pero ¿no hay posadas?- preguntó Zen un poco dudoso.
- Tranquilo, yo me ocupo de eso- dijo Ankoku introduciendo una mano dentro del agua y extrayendo en su puño una esfera perfecta, de agua pero cristalina, clara y a la vez oscura y con un toque siniestro.
Zen se preguntaba para que pudiese servir esa bola, pero no llegó a saberlo, ya que vio como el agua arrastraba consigo algo realmente grande en sus profundidades. Ankoku estaba haciendo gran uso de su magia y realmente estaba más agotado que Zen. Un barco hundido había sido traído por Ankoku que hizo uso de su poder hasta el punto de que el agua arrastrase un apolillado y viejo barco hundido.
- Al abordaje- dijo Ankoku con una pequeña sonrisa.
Zen estaba boquiabierto al ver hasta que punto podía llegar la magia de su hermano, llegando a pensar que si realmente fuese un asesino, debía de haber podido aniquilar con tantísimo poder. Ankoku usó su espada de forma que dejó al barco al aire libre en la arena, y que el pasillo se convirtiese en una sala cerrada de agua por todas partes donde solo había arena, ellos y un enorme barco en el medio. De esa forma, no serían importunados por nadie. Ankoku depositó la esfera de agua sobre la empuñadura de su varoja y se desplazó hacia el barco.
- ¿Te vas a quedar a dormir afuera?- pregunto Ankoku- Pronto amanecerá, dentro el sol no podrá alcanzar nuestro sueño, vamos a dentro.
Zen no afirmó inmediatamente y corrió a subir al barco, al fin y al cabo, tenía los pies destrozados por haber caminado tanto, y sabía que si dormía un poco podría, aunque fuese en sueños, volver a ver a Daichi aunque fuese al menos para despedirse de ella.
Llegaron a encontrar un camarote donde había dos camas, y en una de ellas descansaba un esqueleto, de algún pobre marinero que no pudo escapar con vida de lo que hubiese hundido ese barco. Ankoku no tardó en coger el cadáver y empotrarlo contra una pared, haciéndolo un montón de huesos. A Zen, sin embargo, le daba un poco de miedo tener que dormir en un lugar donde había muerto alguien, y mas aún si su esqueleto seguía en la habitación, pero decidió no protestar por no hacer creer a su hermano que era un gallina. Le dio las buenas noches y se tumbó en la cama.
El sueño llegó fácilmente, había caminado tanto que estaba muy agotado. Llegó incluso a soñar, y no tuvo un solo sueño, si no que fueron tres los sueños que le asaltaron aquella noche. En el primer sueño, Zen estaba tumbado sobre la hierba de la pradera donde los gazas se habían acoplado, y dos figuras caminaban en la noche, mediante la luz de un fuego.
- Maldito sea Zen- decía una voz femenina que le era bastante conocida- ¿Cómo ha sido posible que haya dejado que muriese Daichi?
- No lo sé,- respondió una voz de un chico joven- Él le prometió que siempre estarían juntos, y la dejó irse a través de ese túnel.
- Pero ya es la segunda vez que la falla.- protestó la vez femenina- ella se fue de casa para acompañarle, para que cumpliese su promesa.
- Pero es un buen chico- dijo el joven- aunque sus promesas no valiesen nada.
Zen llegó a ver que eran Haka y Kaze las dos figuras que hablaban en ese sueño. Llegó a perderles de vista, cuando el segundo sueño empezó. Transcurría junto al río, donde el profesor le había dado tantas lecciones y era el profesor quien llegaba en el sueño hasta él.
- Escucha Zen, creo que los oráculos se han equivocado contigo, los demás dominan ya gran parte de sus poderes y sin embargo tu…- el profesor calló en silencio.
- Pero iré a entrenar con ese gran maestro de agua y conseguiré ser mejor- dijo Zen orgulloso.
- Tú no puedes ser mejor, Zen- dijo Tsuyoi- el verdadero elegido es Ankoku, tu no tienes ni la mitad de poder que él tiene.
En ese mismo momento, un rayo llegó en el sueño y junto a él Inabi.
- Pobre Zen- dijo el pequeño- todos pensábamos que eras un elegido, pero no lo eres. ¡Ankoku es el triple de mejor que tu!
- Sentimos todo Zen, por traerte aquí y por haberte hecho tanto tiempo- explicó el viejo maestro.
Zen despertó confuso con esos dos sueños y volvió su cabeza a la cama. No sabía hasta que punto podrían ser ciertos esos sueños, pero lo cierto es que realmente llevaba pensándolo toda la noche de que esas cosas podrían ser ciertas. Cerró los ojos buscando la forma de dormir, y no pudo. Sin embargo, vio como su hermano le había colocado un vaso de agua para él sobre la mesilla. No sabía como lo había conseguido, pero sabía que estuvo levantado más tiempo que él y estuvo explorando el barco un poco antes de dormir. Zen acercó su mano al baso y vio antes de cogerlo que el agua ondeaba a medida que él acercaba su mano. Entonces Zen levantó bruscamente su brazo y el agua salió disparada del vaso rauda y velozmente hacia el techo estrellándose en él. Acto seguido Zen encogió su brazo sobre si mismo y vio como el agua se reunía y se arremolinaba alrededor de la mano. Zen pudo comprobar que el agua actuaba como si una cuerda la atase a su mano: si el movía la mano hacia un lado, el agua iba hacia allí, y si la movía hacia el otro, el agua se movía hacia el otro. Estuvo jugueteando con el agua un tiempo y cuando sintió que el cansancio le hormigueaba la mano, decidió posar el agua de nuevo en el vaso y bebérsela, que esa era su función inicial y estaba dándole un uso incorrecto en ese momento. El primer trago le hizo notar que tanto darle vueltas al agua la hacía estar un poco caliente, pero luego pensó que se debía a que el agua ya debería de estar así cuando Ankoku la consiguió. Volvió a tumbarse, entonces consiguió tener su tercer sueño.
Estaba en la playa que se encontró esa misma noche, pero en ella estaba una figura femenina esperándole. Caminó hacia ella y vio a Daichi que le recibía con una sonrisa. La abrazó con fuerzas y se alegró eternamente de poder volver a verla, a pesar de que fuese un sueño, a pesar de que sabía que no era realmente ella, y a pesar de saber que cuando despertarse ella ya no estaría allí. Pero pensó que era una última oportunidad, para mirar esos ojos azules y pedirle perdón por no estar a su lado, darle las gracias por haber estado con él en el poco tiempo que se conocieron y decirle que la echaba de menos y que ojalá pudiese volverla a ver. Disfrutó de ese sueño junto a ella en esa playa durante un buen tiempo, ya que no volvería a despertar hasta que algo le interrumpiera el sueño. Estaba en el lugar que el quería, junto a Daichi y enseñándole a la chica como podía levantar toda el agua del mar con su mano. Quizás algo exagerado, pero al fin y al cabo, estaba soñando con lo que realmente en ese momento quería: su lugar, su poder y ella.
FIN DEL CAPÍTULO XVI
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