CAPITULO XV
Habían estado caminando en dirección sureste toda la tarde. Ankoku les explicó que se dirigían hacia Detham, la ciudad de donde provenía Zen, y mas allá, en territorios de Moholva se hallaba la casa de Wasser donde Zen recibiría un entrenamiento especial por el quizás mejor mago de agua existente. Daichi estaba cansada, llevaba toda la tarde caminando y escuchando hablar a Ankoku y a Zen de cosas las cuales ella no entendía muy bien, pero que le agradaba escuchar porque le ayudaba a conocer un poco más a Zen y a ese ser misterioso que se rumoreaba que era un asesino.
- Empieza a anochecer- dijo Ankoku mirando al cielo- tenemos que darnos prisa y pronto llegaremos a un campamento nómada de gazas que calculo estará por allí cerca.
- ¿Te refieres a los extinguidos gazas?- preguntó Zen sorprendido- ¿Existen aun seres así?
- Así es.- afirmó Ankoku que miraba la cara de incomprensión de Daichi- los gazas son una raza de seres que miden alrededor de un metro de alto, y son cabezones, medio verdes y cara de babosa.
- ¿Cara de babosa?- preguntó Daichi asustada- nunca escuché hablar de seres así.
- No son peligrosos. Vivían por la zona del gran desierto, pero la conquista de Moholva de toda la parte sur del planeta les hizo emigrar hacia el norte. Ahora son seres nómadas que pertenecen al hemisferio norte.
- Pensé que habían sido derrotados- comentó Zen un poco más puesto en historia.- Llegué a leer que todos los seres del sur habían perecido en la gran guerra de la magia.
- Y realmente han muerto, pero unos pocos han conseguido escapar- explicó Ankoku- estos que veréis son los últimos que quedan.
- ¿Y cuanto falta? -Se preguntó Daichi que ya tenía los pies doloridos de caminar y ante sus ojos sol se extendía una amplia llanura de tierra fértil pero donde empezaba a escasear la vegetación.
- Muy poco.- dijo Ankoku agachándose a examinar un puñado de tierra que había tomado.
Ankoku se desvió un par de pasos al norte y tomó un puñado diferente de tierra que examinó. Zen y Daichi le miraban sin saber que hacía, pero él tenía la cara convencida de lo que estaba haciendo y decidieron no preguntar hasta que hiciese realmente algo. Ankoku caminó doce pasos mas al norte, y ellos le siguieron sin musitar palabra. La tierra era mucho mas numerosa y se encontraban donde el último hierbajo sobresalía.
- Aquí es- dijo Ankoku seguro de si mismo. - espero no estar equivocado.
Ankoku introdujo su mano en la tierra hasta la muñeca. Cuando la sacó, llevaba consigo algo parecido a una rama. Tiró mas todavía y resultó no ser una rama, si no un ser que aterrizó en el suelo. Un gaza. Era un hombrecillo pequeño, con una cabeza bastante grande y de un color verdoso, pero a Daichi no le pareció para nada que tuviese cara de babosa, más bien le parecía que tenía la cara como un perro sin hocico y sin orejas. En cambio, sus ojos eran saltones y tenía muy poco pelo en su cabeza. Sus brazos y piernas eran cortas y delgados como ramas de un árbol. Sus ojos eran de color azul y vestía una túnica negra.
- ¿Eres tu, Ankoku?- preguntó el ser incorporándose.
- ¡Cuanto tiempo sin verte Badí!- saludó Ankoku con una sonrisa.- ¿Tienes alojamiento para tres?
- Por supuesto- comentó Badí apoyando su mano en la tierra. Acto seguido susurró algo que no parecía tener nada que ver con ellos, mas bien hablaba con otra persona- abre las puertas y deja pasar estos invitados.
Acto seguido, la tierra bramó con un movimiento y se vislumbraron unas escaleras de tierra que bajan a la profundidad terrestre. Badí les invitó a entrar.
- Nos a gustado mucho esta llanura y es posible que nos quedemos por aquí un tiempo. -comentó Badí- Alguno de los nuestros ha empezado a construir casas subterráneas.
Daichi se lo pensó dos veces antes de entrar, pero al ver que Ankoku mientras bajaba les apremió a entrar Zen le siguió y ella no quiso quedarse atrás. Ante sus ojos, una gran caverna subterránea se hallaba ante sus ojos, y podían ver en ella muchas tiendas de acampada, e incluso alguna casa de arcilla no muy grande pero si lo suficientemente acogedora para un Gaza. Había bastante ruido por ahí, y había muchos seres parecidos a Badí. Los había mas altos, mas bajos, pero como Ankoku le había dicho todos de una estatura aproximada al metro. También los había con la piel mas clara, o mas oscura, mas amarillenta, o mas verde, pero no era el mismo color de piel de los seres que Daichi acostumbraba a ver. También pudo comprobar que efectivamente ella tenía razón y más bien su cara tenía forma de perro que de babosa, ya que algunos tenían el hocico hacia fuera. Pero todos tenían la cabeza casi tan grande como el cuerpo y los ojos grandes y saltones. También vio que no tenían pelo, si no raíces. Calculó que Badí debía de ser muy joven y que lo que ella al principio pensó que era pelo resultaron ser brotes de raíz que apenas ha nacido. A Daichi les pareció seres simpáticos, después de todo, aunque la cara de Zen parecía que no les tenía mucho agrado, pero no era que les cayesen mal, si no más bien que le diera asco ver tales personajes.
- Por aquí- dijo Badí corriendo hacia la puerta de una casa de arcilla- esta es la posada, mi padre os espera dentro.
- Gracias Badí.- le sonrió Ankoku mientras entraba en la posada.
- Bienvenidos seáis- dijo el posadero recibiéndoles cuando apenas habían entrado, abrazando fuertemente a Zen y acto seguido a Daichi. En cambio, no lo hizo con Ankoku.
- Los elegidos siempre tendrán un hogar entre nosotros- sonrió el gaza con las raíces de su cabeza bastante bien cuidadas y peinadas hacia atrás.
- Muchas gracias- agradeció Daichi sin saber que decir, nunca la habían tratado tan bien por ser elegida de algo que no tenía ni idea a que se debía.
- Los agradecidos somos nosotros- sonrió el ser- gracias por venir, por allí está una habitación para ustedes, es la mejor habitación que poseemos.
- Gracias nuevamente.- dijo Ankoku fríamente tomando unas llaves que el posadero aguantaba en sus delgadas manos- Vamos.
Ankoku se dirigió a la habitación y ellos le siguieron. La habitación era muy pequeña, pero al fin y al cabo les había salido gratis. Había tres camas, separadas por dos mesillas con una lamparilla cada una. En silencio Ankoku se tumbó sobre una cama boca a bajo y dijo.
- Dormid cuanto podáis, mañana hay que desayunar fuertemente y llegar a Detham al cabo del día.
- De acuerdo- aceptó Zen bastante agotado, imitando a su hermano.
Al ver que Zen y Ankoku se tumbaban en dos de las camas, Daichi se tumbó sobre la restante. Le sorprendió verles dormir con ropa, sin taparse ni nada con las mantas, y le daba algo de vergüenza cambiarse allí porque no sabía si estaban ya dormidos o que. Tomó su camisón y salió de la habitación para buscar un cuarto donde poder cambiarse a solas. Encontró un baño en la puerta conjunta y pudo cambiarse la ropa por su camisón. Volvió a la habitación y abrió su maleta de comida. Tomó un sándwich que había preparado. Mientras comía, miraba a Zen, que estaba en la cama del medio durmiendo, iluminado por la lampara de la mesita que estaba entre su cama y la de él. El chico había soltado sus dos coletas y mostraba una melena corta pero azul. Su cara permanecía de lado, con los ojos abiertos, mirándola. Fue entonces cuando ella se dio cuenta de que realmente no estaba dormido.
- ¿Está bueno?- preguntó Zen- debí haberme traído algo de comida.
- No te preocupes- Daichi rebuscó en la maleta y sacó un segundo sándwich- este es para ti.
- Gracias- dijo Zen incorporándose y cogiendo el bocadillo.- Por cierto, te agradezco que vengas con nosotros, a mi personalmente me haces mucha compañía. Llevo mucho tiempo sin saber de mi hermano y...
- No tienes nada que agradecer.- le corto ella- Tu dijiste que estaríamos juntos ¿no es así?
- Si, así es. Pero no esperaba que vinieses.- le dedicó una sonrisa y mordió el sándwich.
- ¿Está rico?- preguntó ella con curiosidad. - Lo he hecho yo.
- Está normal- dijo él- es un sándwich, no tiene nada de espectacular hacer un sándwich.
- ...comprendo- dijo ella un poco dolida. Había hecho ese sándwich para él y así se le agradeció.
- No obstante, tiene un toque especial- añadió él mordiéndolo otra vez- y me gusta especialmente por eso.
- ¿Toque especial?- preguntó ella sin saber- no lleva nada especial, pan, jamón y queso.
- Pero lo has hecho tu, eso lo hace especial.- Le respondió Zen dejándola sonrojada.
- Gra...gracias- le agradeció sorprendida.
Hubo un silencio y se acabaron sus cenas. Tras darse las buenas noches, Zen se tumbó en la cama, mientras la miraba en la cama de al lado. Daichi estaba boca arriba, y apagó la lamparilla.
- Si apagas la luz no puedo mirarte.- dijo la voz de Zen en un susurro.
- Pero con la luz encendida no puedo dormir- respondió Daichi tras meditarlo bien, sonrojada con otro susurro. Esa frase de Zen le llegó muy hondo y no sabía como reaccionar.
Tras eso hubo un buen silencio, y el sueño empezaba a embargar a Daichi, pero un grito llegó a los oídos de Daichi, un gritó que la sobresaltó y la hizo incorporarse y encender la lamparilla de su mesita.
- ¿que pasa?- dijo Zen deslumbrado por la luz.- Vas a despertar a mi hermano.
- ¿no has oído ese grito?- dijo Daichi sobresaltada.
- No he escuchado nada.- dijo él.- ¿estás segura que no ha sido un sueño tuyo?
- No, ni siquiera me había llegado a dormir.- explicó.
Un segundo grito llegó a la mente de Daichi. Esta vez mucho mas fuerte que la anterior, pero Zen no escuchó nada.
- ¿No lo oyes? ¡Está gritando!- le dijo ella.
- Yo no escucho nada- dijo Zen- ¿Estás bien? Deberías dormir.
- ¡No! ¡No estoy bien! ¡Esos gritos no me dejan dormir!
- Dai, cielo, yo no escucho nada, pero creo que lo mejor es que demos una vuelta por el pueblo.-miró a su hermano- Tal vez te ayude a relajarte y a calmarte, si sigues así despertarás a Ankoku.
- Está bien.- aceptó ella.- Me cambio y nos vemos en la puerta de la posada.
Daichi salió de la habitación y volvió al baño. Se puso unos pantalones grises y una blusa azul. Mientras se cambiaba, la voz continuaba gritando. Llegó a entender algunas palabras entre los gritos de dolor de esa voz.
- Vete... me haces daño... -decía. la voz.
Se echó agua en la cara para intentar despejarse, pero esos gritos continuaban ahí.
Daichi salió afuera para reunirse con Zen. El chico ya había atado sus dos coletas. Cuando llegaron afuera muchos gazas estaban despiertos, quejándose de los oídos, de un ruido molesto.
- No entiendo nada- dijo Zen sorprendido- ¿todo el mundo lo oye menos yo?
- Tu hermano tampoco- dijo Daichi- si él lo pudiese escuchar se habría despertado seguramente.
- ¡Proviene del cristal!- dijo uno de los gazas.
- ¿Cristal?-dijo Daichi con las manos en la cabeza- Vayamos a ver.
Caminaron por la caverna llegando a unos túneles que bajaban mas abajo. Los gritos se hacían mucho mas fuertes en la mente de Daichi y sentía que su cabeza le iba a estallar de un momento a otro. Pensó que si se acercaba no lo soportaría, pero quería acercarse de todos modos.
- ¡Demasiado poder!- gritó la voz en la cabeza de Daichi y los gazas.
- Dice algo así como demasiado poder- le explicó Daichi a Zen.
- ¡La elegida tiene la culpa!- dijo un gaza detrás de ellos.- ¡Su gran poder está sobrecargando el cristal!
- ¿Que es el cristal?- preguntó Daichi.
- ¡El cristal que nos permite vivir bajo tierra, en este lugar seguro!- explicó el gaza dando saltos- ¡Has de irte de aquí inmediatamente!
- ¿Porque? ¿Porque está gritando ese cristal? Voy a ir a verlo.- sentenció Daichi adentrándose por un túnel.
- ¡No! ¡No vayas!- dijo uno de los gazas.
Daichi dio un paso dentro del túnel y la tierra vibró. Daichi sintió mayor el grito en su mente.
- ¡no grites más! ¡No voy a hacerte daño!- dijo Daichi en voz alta intentando hablar con el cristal.
- ¡Estás demasiado cerca!- gritó la voz.- ¡Vete!
- ...está diciéndome a mi...- susurró Daichi- le estoy haciendo daño... ¡solo quiero ayudarle!
- ¡Vete de aquí elegida!- dijo otro más de los gazas- ¡destruirás todo!
- ¡La elegida debe irse!- añadió uno más llegando.
- ¡Demasiado tarde!- gritó una voz a lo profundo del túnel- ¡El cristal se ha quebrado!
- ¡Todo se vendrá abajo!- dijo un gaza más.
Las paredes de la caverna empezaron a vibrar. Los gazas alterados empezaron a correr de un lado a otro. Ankoku salió de la caverna con cara de sueño preguntándose que pasa. Se encontró con Daichi y Zen en la entrada del túnel.
- Los gazas están escapando de aquí, tenemos que salir de aquí antes de que esto se derrumbe.- explicó Ankoku sin perder la calma.
- Está bien, vamos Daichi.- afirmó Zen.
- ¡No! ¡Quiero ver a ese cristal! -protestó- ¡No puede ser por mi culpa!
- ¡Vámonos de aquí ahora mismo!- dijo Ankoku. -Zen, tu vienes conmigo, si ella quiere morir es su problema.
Daichi partió corriendo al interior del túnel. Vio como la tierra se desmoronaba y el túnel se deshacía a su paso, pero pronto llegó a una sala donde halló únicamente el cristal, grande, verde, flotante, en medio de la sala, del tamaño de un melón, con una grieta en él, por donde escapaba una luz amarillenta. Los gritos eran mas fuertes allí, pero Daichi se acercó un poco más.
- No puedo con tanto poder elegida- dijo la voz en su interior, sin duda era el cristal quién le hablaba, el cual recibió una nueva grieta- esto se viene abajo, dejaré de existir.
- ¡Espera!- dijo Daichi- ¡Tu puedes ofrecerme muchas respuestas!
- ¿Espera?- se burló el cristal- yo no elijo irme, te dije que te alejases de mi...
- pero yo no quiero...
- Mi poder se extingue ya...- bramó el cristal agrietándose mas y más.
Un gran pedrusco de tierra calló sobre el hombro de Daichi, provocándole un gran rasguño en su mejilla derecha y que esta cayera al suelo. No obstante, Daichi consiguió ponerse nuevamente en pie. Buscó con la mirada la salida del túnel pero estaba había sido bloqueada por la tierra que había caído. Esquivó una nueva avalancha de tierra que estuvo a punto de aplastarla y alcanzó al cristal con sus propias manos bloqueando con sus manos las grietas.
- Aguanta un poco más, intentaré sacarte de aquí.- dijo ella.
Pero el cristal no aguantó, se desintegró ella entró en contacto con él, y ya lo poco que quedaba de cueva se vino abajo...
...con ella dentro.
FIN DEL CAPITULO XV
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