Wednesday, October 04, 2006

CAPITULO 1

El río estaba en calma, sin embargo, el viento movía los cabellos azulados de Zen Saigo y sus dos pequeñas coletas bajo las orejas bailaban en el aire. Su mirada oscura, se dirigía a las aguas, que se movían lentamente hacia el interior del bosque. Hacía cuatro días ya que su padre había partido hacia la guerra, y no sabía nada de él, ni del ejército. Sin embargo, estaba aprendiendo mucho de aquel vecino que decidió encargarse de él en ausencia de su padre, sobre todo, mucho relacionado con la magia. Zen Saigo, no parecía estar incomodo con el profesor, al contrario, disfrutaba de su compañía, pero le irritaba la poca atención que este le ofrecía. El señor Tsuyoi Sugüi, parecía estar más interesado en los otros cuatro niños de la escuela mágica que llevaba. Quizás fuera, porque en su prueba elemental, el agua le haya desilusionado y el señor Sugüi no estaba tan preparado en ese campo. No obstante, Zen Saigo, seguía mirando el agua del río, como le había ordenado el profesor. Cerró los ojos, e intento concentrarse en escuchar el agua. Lo sentía correr, pero nada más, el sonido del viento le entretenía demasiado para intentar escuchar el agua y sacar algo en claro, alguna palabra. Lo miró de nuevo, era agua cristalina, podía ver claramente el agua correr, arrastrando con ella alguna hoja, o algún palo que por suerte o por desgracia, seguía el camino que el río le conducía. Zen se arrodilló ante el río, intentando ver su reflejo en el agua, el reflejo de un chico de 15 años, pero el movimiento de las aguas solo le permitió ver ondas y algún que otro tono azul anaranjado del reflejo de sus dos camisetas, la naranja de manga larga y la azul de manga corta sobre la primera con una franja horizontal también de color naranja. Sus pantalones, eran negros, como sus ojos, pero cortos, por lo que sus piernas se veían desnudas cubiertas por el rizado bello azul propio de los hombres. Calzaba unas zapatillas deportivas también negras, que se abrochaban con dos cremalleras a cada lado. De rodillas ante la verde pradera, se acercaba a tocar el río. Lo había visto, y lo había escuchado, decidió entonces poner en activo su tercer sentido, el olfato, como les había explicado el profesor a los cinco antes de ponerse a hacer prácticas. Aspiro fuertemente, pero el único olor que percibió fue el olor de la hierba que pisaba. Decidió entonces tocarla. Metió su mano dentro del agua y sintió que el agua estaba fría como el hielo, y comprobó entonces que aunque sus ojos no lo apreciaban, el agua circulaba con mucha mas fuerza de la que él pensaba. Sumergió su segunda mano, la unió a la otra y las sacó formando una especie de cuenco. Miró el agua y bebió de él. Estaba fresca. Pero no sintió nada especial, no tenía sed, si la tuviese, quizás se hubiese recuperado, pero apenas estaba cansado si quiera. Pensó en meterse al río, darse un baño, a ver si conseguía sacar algo en claro, pero alguien le paró.

- Aún no has conseguido nada, ¿verdad?

- No- respondió Zen apenado, girándose y viendo a su maestro.

El señor Sugüi era un anciano con una barba no muy larga de color plateado. No era canosa, si no plateada. En cambio, su cabello, aunque antaño debió de ser plateado, parecía una cumbre de nieve. No tenía mucho pelo, pero podía apreciarse una pequeña coletilla al final del todo intentando rejuntar lo poco que le quedaba. Sus ojos eran de color gris perla, unos ojos que habían envejecido junto a él. Apoyado en un callado de cerezo, el mago vestía un chándal violeta que parecía hacerle más atlético y que solía usar para hacer ejercicio, pero en realidad, lo llevaba en bastantes más ocasiones de las que cualquier otro hombre de su edad lo suele llevar.

- Al fin y al cabo, el agua es muy difícil de dominar. – añadió el anciano- no parece hacer daño aparentemente a diferencia del fuego o el rayo.

- ¿Ya lo han conseguido los demás?- preguntó Zen al pensar en los otros elementos, los elementos que controlaban sus compañeros.

- Inabi y Haka son los que mas cercan han llegado. Han llegado a sentir el dolor que ese elemento les puede proporcionar, pero no han hallado aún su uso.

- ¿El dolor?- preguntó Zen intrigado- no comprendo ¿Qué uso?

- Al poner los 5 sentidos en un elemento, podéis comprender muchas cosas. El tacto con el fuego por ejemplo, puede quemarnos, pero sin embargo, es de gran utilidad para hacer que los alimentos sepan mejor.

- ¿Y cual es el dolor que puede causar el agua? ¿Y que uso tiene?

- ¿Que sentidos te ha costado más y cuales menos?- preguntó el anciano.

- Pues…- Zen permaneció pensativo un momento.

- Lo puedes ver sin problemas, ¿verdad?

- Si.- contestó el joven.

- Y pudiste escucharlo, escuchar sus palabras. ¿no es así?

- No he entendido nada.

- Es normal, no hablas el lenguaje del agua, pero lo has escuchado correr.- explicó el anciano. – Al igual que has podido tocarlo.

- Si… eso si… y he podido beberla, pero no he podido olerla, el campo atrae otros olores a mi nariz y…

- Ajá, vas muy bien encaminado, Zen.- sonrió el anciano- Supongo que conoces las cualidades del agua.

- ¿Qué es incolora, sin sabor y sin olor?- preguntó Zen.

- Exacto. Ahora pon a prueba esas capacidades respecto a tus sentidos.

- Incolora es, pero aún así la he podido ver a pesar de todo. Y no sabe a nada, pero es muy refrescante al beberla. Su olor no he podido captarlo, lo único que he podido olfatear a sido la pureza de este campo.

- Entonces ya conoces cual es el sentido mas favorable respecto al agua y el menos favorable.- concluyó el anciano.

- Pero si lo único que he hecho era algo que ya sabía, era evidente- protestó Zen- no he aprendido a manejarla ni nada por el estilo.

- Pero ya sabes lo básico. Al igual que tus compañeros han de descubrir que sentido es más útil con su elemento.-Explicó Sugüi conforme con lo que había aprendido su alumno- Luego ya comprobarás mas cosas sobre el agua, lo fácil que cambia, lo feroz que puede ser, o que a su vez sirve para limpiar.

- ¿Y que haré ahora?- pregunto el joven- ¿Ya he acabado mi tarea?

- Vuelve a casa, voy a ver como les va a tus compañeros. Tienes el resto del día libre.

Vio partir al señor Sugüi mediante un extraño conjuro de tele transporte. Se volvió trasparente hasta no quedar nada de él. Zen se quedó sorprendido por el hechizo del viejo mago, pero no dijo nada. Vio la casa cerca, y se encaminó hacía allí, era una gran casa en medio de esa pradera por donde circulaba un río y se perdía mas allá del bosque. No sabía porque Tsuyoi Sugüi vivía tan apartado de la ciudad, pero supuso que su pequeña escuela de magia era el motivo.

Al entrar a la casa, Kirei, la chica que limpiaba y acompañaba al mago le recibió. Era una chica joven, de unos 20 años al menos aparentemente. Tenía el pelo negro pero con brillos azulados, y corto pues no llegaba más allá de la nuca. Vestía un vestido negro y blanco, que permitía ver sus delgados brazos y dos piernas por las que muchos hombres perderían la cabeza. No tardó en darle la bienvenida.

- Saludos señor Saigo, ¿desea que le prepare un baño?

- No gracias, ya he visto suficiente agua por hoy.- respondió el muchacho un poco cansado de su elemento.

- ¿Desea entonces ir a cenar ya?- preguntó la criada.- ¿O prefiere esperar?

- Esperaré, cenaré cuando todos. Iré a descansar un poco a mi cuarto.

- Si desea algo no dude en llamarme.

- De acuerdo- se despidió de Kirei con un gesto de mano, un poco fríamente.

No le agradaba mucho que una persona de solamente cinco años más que él le tratase de usted, y es por ese motivo por el que nunca llegó a sentirse cómodo respecto a Kirei. No obstante, ella nunca había demostrado cariño, ni odio, ni amistad ni ningún sentimiento hacia él, así que él tampoco le guardaba rencor a pesar de todo, simplemente, eran diferentes. Estaba en un gran hall de la casa, y vio las grandes escaleras de mármol que subían al piso de arriba, donde estaban los dormitorios. Vio las cinco puertas, dos a la derecha, y tres a la izquierda, y luego se reparó en la habitación del fondo, aquella que permanecía cerrada y sin ningún huésped. Tomó el pomo de la primera puerta a la izquierda y lo giró para entrar dentro, pero un ruido le sobresaltó en el piso de abajo.

- ¡Ya estoy aquí!- gritó una voz de un chico joven y alegre.- ¡Que pasa Kirei, que buena estás!

PLASH

- ¡¡Aaaaaaaau!! Duele…- se quejó el pequeño tras recibir un bofetón.

- No alborotéis tanto, señor- se oyó la voz de Kirei como un susurro.

- Vale, vale, me voy p’arriba.- dijo el pequeño muchacho subiendo ya las escaleras.

Zen, al oírlo subir, intentó entrar en la habitación cuanto antes, pero no le dio tiempo, un niño pequeño, de unos 12 años, ya estaba allí mirándole y hablando sin parar.

- ¡Zen! ¡Hola! ¿Qué tal tu entrenamiento?

- Esto… agotador, voy a descansar.

- El mío también era agotador- afirmó Inabi- pero he reservado energías para las emergencias.

Se fijó entonces en él. No era muy alto, le podía sacar una cabeza. Tenía los pelos tiesos, de color anaranjado. Su cara estaba negra, de haberse revolcado en el suelo o haber recibido descargas eléctricas como intuyó Zen que fueran. Vestía una camiseta enorme de color amarilla y unos pantalones negros. Sus ojos eran de color rojo fuego, y sus mejillas eran sonrojadas y expresaban mucha actividad.

- ¿Qué vas a hacer ahora? – Reparó Inabi al verle intentar entrar en la habitación- ¿Puedo acompañarte?

- Voy a tumbarme un rato en la cama. Necesito comprender cosas sobre el agua.

- Moja.- dijo Inabi con una sola palabra.

- Claro, claro, hasta luego…- abrió la puerta, entró y cerró la puerta con un suspiro de haberse librado de él.

Vio la cama vacía y se tumbó en ella. Vio sobre la mesita de noche, un vaso lleno de agua en el que reparó la mirada. Estaba mediado, y en reposo. Se quedó tumbado, mirando hacia el vaso hasta quedar medio dormido. Oía voces al fondo, pasos, y ruidos, pero no les prestó atención. Solo prestó atención cuando alguien llamó a la puerta con tres golpes secos en ella. Zen, se incorporó lentamente sobre la cama, y cuando iba a ponerse en pié, el que había llamado había decidido entrar por su cuenta.

- Buenas tardes Zen- dijo un chico de pelo liliáceo vestido con un elegante traje gris.

- Hola Kaze ¿Qué tal estás? – preguntó Zen mirando aún el vaso de agua.

- Un poco atontado, el viejo me ha llevado a una meseta donde había un gran viento y tengo aún en los oídos el “UUUU” del soplido del viento.- dijo Kaze con una sonrisa como haciéndose gracia a si mismo.

- Equis dé.- añadió solamente Zen.- Parece que te ha llevado a un sitio interesante. También Inabi parece que ha estado esquivando rayos o recibiéndolos o algo así, no le he preguntado pero por sus pintas pude deducirlo.

- Bueno, tu has ido al río a ver y aprender un poco más del agua ¿no es así?- preguntó Kaze intentándolo animar con eso.- Si te sirve de consuelo, Haka ha estado en el sótano, jugando con cerillas.

- ¡¡Equis dé!!- Zen río al enterarse de ello- ¿De verdad?

- Así es, supongo que con un poco de fuego le vale. En cambio a mi a tenido que llevarme a esa meseta, del mismo modo que Inabi fue a aquel sitio extraño. Cada elemento es diferente.

- ¿Dónde está el maestro ahora?- preguntó Zen.

- Están en la mesa, esperando para cenar. Me han enviado para buscarte, por eso estoy aquí- dijo Kaze sonriendo- pero me enrollo y acabamos hablando de todo un poco.

- Vayamos a cenar Kaze, o se impacientarán.

FIN DEL CAPITULO 1

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